Era en abril
Por Claudio Asaad
En abril esperas está misma luz que hay ahora, pero
te gusta mirarla caer sobre la copa de los árboles del andino. La calle es
infinita a la siesta y el rumor de pájaros desentendidos del humor del tiempo,
te emociona más que lo que ves. O lo que escuchas es lo que ves, o estás con un
pie en el latido de la nostalgia. Te asomas apenas, así, un poquito a retomar
ese aliento de lo ausente.
Hoy ves otros árboles desde el balcón de la terraza
de tu casa. Hace días, es todos los días. Las siestas se mudan, son más
temprano y la luz tiene ganas de huir antes. Vos también. Hay un comportamiento
de tu cuerpo que tratás de no oír. La sangre no es la misma, sentirse habitado
es una condición del desamparo. Nunca
hay demasiado silencio. Te distrae hasta el más leve murmullo, el temblor de
tus manos, la historia de los otros. La mirada perdida de Lolita sobre una
pared blanca. Se lengüetea, el dorso de
las patitas. Parece que nunca terminará esa labor. De repente se detiene, se
tensiona. Está atenta a algo que soy incapaz de percibir.
Escaleras
abajo el rumor de la radio.
Mi vecino está en la vereda. Mira para arriba,
levanta la mano. Decimos “Hola” no sé si sonríe. El barbijo pone su mirada más
al descubierto que antes. Creo que los ojos hacen una mueca que no conocía.
Después, silencio.
Solo hablo con mi teléfono. Todos los amores de este
mundo tienen la misma piel. A veces recorro con la yema de los dedos la
pantalla, como buscando una salida, o mejor una entrada para atravesar lo que
no es. Recoger de la voz el cuerpo, alguna oportunidad menos atérmica de la vida.
Vibra el parlantito con la gravedad de las voces, se vuelve finito con la
timidez aguda de otras. No se mirar a cámara, ahí no están tus ojos. Hubiera
querido, en la edad inaugural de los deseos aprender a conformarme con lo que
hay. A la tardecita nos cuidaremos ¿Cuántas maneras tiene el amor de los
amigos, la epifanía familiar, la emoción descalzada en una voz que se quiebra?
¿Cuánto es menos de lo necesario, en qué lugar y por
qué?
Escaleras abajo la voz de un hombre se derrumba. Una
voz periodista insiste, y el hombre deja caer otra parte de él.
No quiero ver el atardecer aquí arriba. La noche
añade pavor al silencio. Hoy lo siento así. Debería preguntarme y encontrar la
vuelta para desanudar esta emoción regalada. Las palabras para escribir esto
aun no existen. Tu memoria falla tanto como las cerraduras de tu casa vieja, la
puerta de la alacena, el cajón de arriba de la mesada. No vas a reparar nada
estos días. Tampoco lo escrito. El
lenguaje no es para el olvido. Hiciste de las palabras una de las maneras de tu
vida.
Lolita no te deja de mirar. No supones nada, pero una
mirada es el límite del estupor.
Bajar las escaleras es de cuidado.
No sé ahora si entro a la casa o salgo. Tanteo los
libros, acaricio las tapas de dos que han quedado tibios bajo la cara del sol.
Ahora el ocre está acá donde no prometimos nada, pero
hicimos la vida como es; húmeda, oliente, dispar y a veces ronquita. Digo
ronquita, lo repito mientras raspo con la uña el papelito del precio aun
pegoteado sobre la portada de “La pesadora de Perlas”. Una tapa tan
roja, como los lápices para la letra gigante de Elena, el color del cuaderno
que perdiste cuando tenías miedo de la noche. Si se pierde el rojo ¿Qué nos
pasará?
La voz te sale así cuando te cansa lo que te toca.
El día es 29 de abril de 2020. Lo mirás en el
almanaque como si lo fueras a recordar igual que ahora.
Escribís, lo que cambia es otra historia.
Te evoco Circe:
“Aunque estemos callados y no cantemos
Un rumor como música vuela y envuelve
Vuela y abraza
Y el cielo de la noche
Cae en el agua”
Circe Maia
Elías
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